Para hornear un cordero es necesario encender el horno y dejarlo calentar un rato. Una vez que el horno está caliente hay que introducir el cordero, sazonado a gusto, y cocinarlo a fuego moderado durante aproximadamente tres horas. Cada media hora hay que dar vuelta la carne para que la cocción sea pareja. Carl configuró su alarma de cocina como para media hora, respiró hondo y fue a buscar su cajón preferido. El material del cajón era madera y a sus lados se leían las letras BMW, al abrirlo se descubría un gran número de discos de vinilo. El sobre del primer longplay parecía ser también de madera, y tenía seis caras grabadas. Al colocarlo en el tocadiscos sonaron los primeros acordes y en la primera frase del disco que instaba a levantarse y pararse, Carl hizo lo contrario, dejándose caer en su sillón. Antes de someterse al sueño, parpadeó en un intento rebelde de quedarse en el mundo de los despiertos, pero el cansancio y la tranquilidad que le ofrecía el confiable mecanismo de su alarma de cocina lo convencieron de abdicar. El segundo tema arrancó con acordes dulces que acariciaron los tímpanos de Carl, sacándolo de su sueño. Sus ojos comenzaron a divisar las figuras borrosas de su living, pero sus párpados no se abrieron. Sintió un bostezo revitalizante pero ni su boca ni su pecho se movieron. La lucidez se apoderó de los sentidos de Carl al ritmo de la canción y las figuras borrosas se aclararon revelándose como sus muebles y electrodomésticos, y algo más. Un hombre vestido con un overol de trabajo se encontraba en su cocina, en cuclillas observando el cordero por la ventanilla del horno y completando un formulario en una tabla. Carl intentó moverse pero su cuerpo no respondió. “¿Quién sos flaco?” Preguntó Carl, sin mover la boca. El hombre se acercó sin decir nada. Su cara dibujaba un gesto adusto y relajado, una expresión gris y neutra. Con dos largos y esqueléticos dedos buscó el pulso en el cuello de Carl, miró su reloj de pulsera y anotó una observación en el formulario. “¡Te conozco!” Retumbó con emoción la voz de Carl. La expresión facial hasta ahora inerte del operario se transformó por unos segundos en una mueca de sorpresa y espanto. Luego retornó a su neutralidad, y continuó con sus anotaciones como si nada hubiera pasado. “¡Si, te conozco! ¿Cómo no te voy a conocer? ¿Qué me pasó? ¿Me morí?” Insistió Carl con una sonrisa invisible. La adrenalina de conocer a su ídolo sacudió su frágil alma. “Estoy trabajando en eso Sr. Salabria. Apenas termine de completar y aprobar los formularios 305 y 48-B-B lo voy a transferir al Sector de Recepción. Allí le informarán los siguientes pasos del procedimiento.” “¿Formularios? ¿Procedimientos? ¿Qué haces trabajando de esto? ¡Vos estás para cosas mayores! ¿Y porque me hablas en castellano?” “Los idiomas son un invento de los vivos. Necesito completar unos campos del 48-B-B.” Respondió con profesionalismo mecánico el operario. “¿A qué hora encendió el horno?” Agregó en el mismo tono. “¡No podes hablar en serio! No podes desperdiciar tu talento en esto. No voy a ser parte de esto. ¡No te contesto nada!” Las mejillas de Carl no sintieron rodar ninguna lágrima de desilusión, sus coaguladas glándulas lagrimales ya no podían producirlas. Su cuerpo continuó enfriándose sin corresponder a la efusividad de sus emociones. “El funcionamiento de su corazón ya no es relevante Sr. Salabria. Necesito completar ésta transferencia en media hora. Después tengo que ir al centro. No entiendo por qué dice que me conoce, pero no es relevante. Por favor coopere, si es tan amable, no quiero esperar en vano.” La voz entrenada de call center del operario suavizó los nervios de Carl, no así sus intenciones. “Vos no eras así, en vida digo. No sos así. ¿Qué te pasó?” Insistió Carl más relajadamente. “Mire Sr. Salabria, si no termino a tiempo los procedimientos ambos vamos a tener problemas. No es común que me reconozca, mi legajo dice que llevo varias décadas trabajando en el Sector de Abastecimiento. Pero quien haya sido en vida no es relevante para ejercer mi función, y es por eso que el Sector de Reclutamiento inhibió mis memorias. Ya le informarán del procedimiento después de pasar por el Sector de Recepción.” “¿No sabés quien fuiste? ¿Quién sos? ¡Justo vos! Sos importantísimo para mucha gente. Para mí también. ¡Y no deberías estar completando formularios!” “Tengo que completar la transacción y no necesito saber quién fui durante mi vida. Hay tantos problemas en el mundo que prefiero trabajar sin recordar mi estadía en él. Si fui importante para usted no debería retrasarme. Esta ineficiencia podría afectar mi evaluación anual de rendimiento. Por favor, necesito hacer que su alma siga en movimiento” “¿Formularios? ¿Rendimiento? No puedo dejar éste mundo sabiendo lo que te hicieron. Insisto, vos no sos así. ¿No ves el afiche de la pared detrás tuyo? Ese fuiste vos.” La cara tiesa del operario volvió a estremecerse y su ceja izquierda se levantó. Luego recuperó su gesto adusto, pero la ceja izquierda permaneció fuera de lugar. En ningún momento atinó a darse vuelta para ver el afiche. Forzó su foco al formulario con la tenacidad de los inseguros. “¿A qué hora encendió el horno, Señor Salabria?” Reformuló lentamente, con voz nerviosa y autoritaria. En vida Carl nunca se consideró a sí mismo como una persona hábil en muchos sentidos. Nunca se destacó por sus hazañas. No era bueno para seducir mujeres. Ni para formar una la familia. Ni para cocinar corderos al horno. Pero algo suyo siempre lo enorgulleció. Su astucia. Su único atributo. Lo único que le quedaba a su fría figura postrada en el sillón de su casa. Su llama ya se apagaba, mientras que lo que la había mantenido encendida le estaba siendo arrebatado. “Está bien, está bien. Llenemos el formulario. No me acuerdo bien a qué hora encendí el horno, pero fue a la misma hora que puse el disco que está sonando en éste momento. Si te fijas en la contratapa la duración de los temas vas a poder hacer la cuenta.” Su único atributo. Lo único que le quedaba. El operario se acercó al tocadiscos y levantó con su mano libre el sobre del longplay. Al ver la tapa, su ceja derecha acompañó lentamente a su colega desencajada, al mismo tiempo que su mentón descendía provocando una inevitable apertura de mandíbula que mostró su larga fila de blancos dientes. Carl nunca se destacó por sus hazañas. Lo único que le quedaba, su único atributo, fue lo todo lo que necesitó. El operario fijó su mirada en la tapa del longplay durante ocho significativos segundos. Luego su cabeza giró violentamente hacia el afiche de la pared, al mismo tiempo que los formularios 305 y 48-B-B caían al suelo. Sus arácnidos dedos exploraron con el tacto los detalles de su cara, comparándolos con los que sus ojos veían en el afiche. Esta vez se dirigió a Carl sin mirarlo. “Soy yo. Era … ¡Soy yo, en el afiche! ¿Esta canción la escribí yo? Vos decís que conocés mi vida, ¿no? ¡¿No!?” “¡Claro que sí! Escribiste ésta canción y muchas otras más. Inspiraste generaciones con tu obra. También a mí, tu música me ayudó en mis momentos más duros.” “¿Inspiré generaciones? ¿Con música? Ayudame a entender esto. Mi legajo dice que maté a un Sheriff. Un conocido que trabaja en el Sector de Planeamiento de Recursos Humanos me dijo que por eso me asignaron ésta tarea.” “No mataste a un sheriff, es sólo una canción.” “No te hagas el vivo. Esto es importante. Los que en vida fueron artistas inspiradores suelen trabajar en puestos gerenciales, en escritorios de cedro y con aire acondicionado. ¿Y vos me decís que no maté a nadie y que inspiré generaciones a vivir en paz?” “Sí, no sólo eso. Con tu música transmitiste un mensaje de paz y armonía. De comprensión y de lucha de los oprimidos. Me parece que te están cagando un poco los de Recursos Humanos.” “¿Cagando un poco? ¡Con éstos méritos debería ser parte del directorio! ¡Estos pelotudos de Recursos Humanos pensaron que la canción era una confesión y me asignaron este puesto para toda la eternidad!” El operario estaba visiblemente perdiendo la calma. Sus huesudas manos se tensaron sobre la tabla de formularios y su frente se dividió con una gruesa vena. “Lo siento mucho hermano. Si te hace sentir mejor te ayudo a completar los formularios. Hagámoslo rápido así podes cerrar temprano hoy.” La intención de Carl para calmarlo enervó más aún el orgullo del operario. “Formularios. ¿Formularios? Mirá lo que hacemos con los formularios.” El 305 y el 48-B-B cayeron al piso y el operario empezó a pisotearlos y patearlos ruidosamente por todo el living. Carl intentó levantarlos, pero su inerte y frío cuerpo no respondió a su deseo. Súbitamente, el operario detuvo su agresivo embate contra los formularios y los levantó del suelo. Inclinando su cabeza hacia la izquierda le regaló a Carl una sonrisa que reconoció instantáneamente. Las manos huesudas lentamente rompieron las impresiones en dos. Al desgarrarse el papel, el sonido de siete trompetas ensordecieron a los casi inútiles oídos de Carl. El sonido retumbó transmitiendo una violenta vibración que sacudió las paredes de la casa, y en una transición moderadamente imperceptible mutó al ruido de una alarma de cocina. Sus acartonados párpados se abrieron con un sobresalto, exponiendo un par de ojos sedientos. Sus labios azules se despegaron en un desesperado ruego por agua y aire. Sus estranguladas fosas nasales se incendiaron con todos los olores de un mundo muerto, fosilizado, enterrado, estacionado, extraído y destilado. Su cuerpo se catapultó del sillón ejecutando una extraña pirueta que hizo que todas sus articulaciones truenen en un estallido doloroso. Un intenso mareo casi lo derriba, pero interpretando una danza torpe atravesó su casa llegando hasta el cordero y apagó la llave de gas. La llama del horno no se había encendido. Carl se abalanzó hacia la puerta, la abrió de un empujón y se desplomó en la vereda de su casa, buscando desesperadamente el aire fresco. Mientras sus pulmones volvían a colmarse de vida, los ojos secos y los oídos aturdidos de Carl se enfocaron en tres pequeños pájaros que bajaban del cielo entonando melodías de pureza y verdad. Supo entonces que ya no había que preocuparse por nada, que todo iba a salir bien.