[justify]Jonás abrió un ojo. El izquierdo. El párpado derecho, pegajoso y pesado, no encontró la fuerza suficiente para vencer el coágulo de sangre que se expandía con insistencia. El olor a humo y metal quemado se filtraba en sus fosas nasales, como un recordatorio de un pasado cercano que su memoria, confusa, aún no lograba reconstruir. No sabía dónde estaba. No entendía lo que su ojo izquierdo veía. No reconocía nada, salvo el dolor. Ese dolor lacerante, constante, que lo anclaba a una única certeza: Jonás aún estaba vivo.[/justify] [justify][/justify] [justify]No recordaba cuándo ni dónde se había acostado, mucho menos el lugar extraño en el que estaba despertando ahora. Su lecho le resultaba hostil, tan extraño como incómodo.[/justify] [justify][/justify] [justify]—¿Otra vez me caí de la cama? —pensó Jonás, aunque no podía recordar ni una sola ocasión en la que realmente hubiese rodado fuera de su colchón.[/justify] [justify][/justify] [justify]—Cosas de la edad —murmuró para sí, resignado.[/justify] [justify][/justify] [justify]Su ojo izquierdo comenzó a vagar, curioseando con la lentitud de quien apenas puede enfocar. Se detuvo en lo que parecía ser su almohada. Era durísima, de un color caqui opaco, y estaba surcada por pequeños fragmentos de plástico. Una chapa dorada, brillante incluso en la penumbra, le devolvió una ráfaga de memoria. Por primera vez desde que había abierto los ojos, recordó algo con claridad: quién era.[/justify] [justify][/justify] [justify]***[/justify] [justify][/justify] [justify]El recuerdo emergió como una visión espectral, envolviéndolo por completo. Vio sus manos de niño, pequeñas y torpes, sujetando con fuerza figuras diminutas, hechas de plomo y cubiertas con pintura descuidada. Los colores caqui y rojo pretendían imitar uniformes militares, y las minúsculas manos de plomo sostenían armas que parecían letales a pesar de su escala ridícula. Décadas habían pasado desde la última vez que Jonás pensó en los soldaditos de plomo que lo acompañaron durante su niñez. Sin embargo, la sensación de familiaridad era inconfundible: la superficie de su "almohada" evocaba los recuerdos de aquellos días de juegos y fantasía bélica.[/justify] [justify][/justify] [justify]Movió su mano derecha, palpando la dura superficie. No era una almohada. Era fría, sólida y pesada, como el plomo. Sus ojos se enfocaron lentamente en la chapa dorada, y no tardó en comprender: era una insignia militar. Forzó su vista aún más, buscando detalles entre los escombros que lo rodeaban. Y entonces lo vio. Los restos de lo que alguna vez había sido la pared norte del Hospital Central yacían sobre la cabeza de un soldado inmóvil. No, no un soldado. Una estatua de carne endurecida por la muerte. El brazo derecho del hombre estaba extendido, rígido, y su mano apretaba un arma que seguía apuntando hacia los pies de Jonás.[/justify] [justify][/justify] [justify]Los colores caqui y rojo de aquel cadáver le recordaron al bando de sus juegos infantiles. En aquellos tiempos, los soldados de plomo pintados de caqui y rojo siempre luchaban contra el otro ejército: figuras azul oscuro. Las batallas eran épicas, interminables, sin treguas ni negociaciones. El único final aceptable era la aniquilación total de un bando. Jonás, como amo absoluto de ese universo de plomo, siempre se aseguraba de que los soldados de azul perdieran.[/justify] [justify][/justify] [justify]Un estruendo devolvió a Jonás al presente. El suelo vibró bajo su cuerpo, y una nube de polvo se levantó entre los escombros, cegándolo por un momento. Cuando la polvareda comenzó a asentarse, apareció un grupo de figuras humanas que avanzaba con paso firme. De la nube emergió un pelotón de soldados de carne y hueso, de tamaño real, vestidos con uniformes teñidos de azul. Sus miradas inyectadas de odio, los labios apretados y las armas que llevaban en alto no dejaban lugar a dudas: eran el enemigo. Y estaban ganando.[/justify] [justify][/justify] [justify]Jonás sintió una oleada de indignación que lo recorrió de pies a cabeza. El bando azul, ese que siempre había perdido en sus juegos de infancia, ahora marchaba frente a él, victorioso. Su brazo, tembloroso y envejecido, se alzó con un impulso que parecía imposible. Sus dedos se aferraron con fuerza a la mano rígida del cadáver que servía de "almohada", y con un último esfuerzo, levantó el arma que esta sujetaba.[/justify] [justify][/justify] [justify]El arma, metálica y fría, parecía pesar toneladas, pero Jonás no se detuvo. Apretó el gatillo con firmeza. Un estallido rompió el aire, y una ráfaga de plomo verdadero perforó los cuerpos de los soldados de azul, atravesando cabezas y torsos. Uno tras otro cayeron al suelo, como figuras de plomo derribadas en un juego infantil. Ninguno quedó en pie.[/justify] [justify][/justify] [justify]Jonás dejó caer el arma y se recostó de nuevo, agotado. Una sonrisa apareció en su rostro, pequeña pero radiante, como la de un niño que acaba de ganar la más emocionante de las batallas. Por un instante, sus ojos brillaron con una intensidad que no correspondía a los años que cargaba sobre sus hombros. Fue la última expresión que su rostro, surcado por los años y las guerras, pudo formar.[/justify] [justify][/justify] [justify]Cuando la polvareda volvió a asentarse, el silencio reinó por un momento. El cuerpo de Jonás, inmóvil ahora, yacía entre los escombros, rodeado por los restos de los soldados que había abatido. Pero no pasó mucho tiempo antes de que nuevas figuras comenzaran a aparecer. Un grupo de civiles, ataviados con ropas desgastadas y rostros marcados por el terror, emergió desde las sombras.[/justify] [justify][/justify] [justify]***[/justify] [justify][/justify] [justify]Una niña de cabello enmarañado se adelantó al resto, sus ojos abiertos de par en par. Se acercó lentamente al cuerpo de Jonás y al arma que había caído a su lado. La mirada de la niña se posó en el rostro tranquilo de Jonás, y algo en su expresión pareció suavizarse.[/justify] [justify][/justify] [justify]—Gracias —murmuró, aunque sabía que no habría respuesta.[/justify] [justify]El grupo de civiles comenzó a organizarse, recogiendo las armas y municiones que habían quedado esparcidas. En silencio, se prepararon para lo que intuían sería una nueva ofensiva. La niña se volvió hacia los demás, sosteniendo el arma con una determinación que parecía impropia de su edad.[/justify] [justify][/justify] [justify][/justify] [justify]***[/justify] [justify][/justify] [justify]En otro lugar, lejos del plomo y el fuego, un hombre uniformado de azul recibía un informe a través de un radio transmisor. El tono de la voz al otro lado era nervioso, y las palabras, apresuradas. Había pérdidas inesperadas. No lograban avanzar hacia el objetivo previsto. Frustrado, el hombre golpeó la mesa con el puño cerrado.[/justify] [justify][/justify] [justify]—¿Quién fue? ¿Un solo hombre detuvo a todo un pelotón?[/justify] [justify][/justify] [justify]El silencio al otro lado fue la única respuesta.[/justify] [justify][/justify] [justify]La batalla no había terminado. Pero en ese instante, en medio de la desolación, Jonás había logrado, una vez más, ser el amo absoluto de su universo de plomo.[/justify]