Su mirada me juzga desde que era pequeño. Todas mis travesuras, tropiezos, perversiones y errores fueron sancionadas por sus fríos ojos inyectados en orgullo y óleo. Lo enmarcaba una madera tallada en estilo gótico y su tamaño era masivo. Fue él el que me enseñó la emoción del vértigo. De niño espiaba de reojo el ángulo que el marco formaba con la pared, mi fantasía acechaba recurrentemente infundiéndome el temor a que el pétreo peso del cuadro de mi antepasado derrote la resistencia del clavo y me aplaste como a un insecto. Las versiones sobre su biografía fueron siempre dispares. Mi tía Emilse relataba con añoranza que en los años treinta tendió las vías de un ferrocarril que recorrió gloriosamente la provincia de Formosa. Mi abuela me afirmaba que fue él el inmigrante que trajo la primera partida de Penicilina a la Argentina. La voz de mi viejo se tornaba soberbia cuando contaba que fue fundador del Zoológico de Córdoba. Sin haberlo conocido lo recuerdo como un aventurero que hizo todas esas cosas, sumadas a otras cuantas hazañas de mi propia invención. De chico me preguntaba cómo habría sido la maniobra para entrarlo a la casa. Por la puerta, según mis cálculos, no pasaba. Llegué a formar la teoría de que la casa había sido construida alrededor del cuadro. En su honor, por supuesto. A los diecinueve intenté, en vano, emular su larga barba de león experimentado. A los veintidós imitaba su sobrecogedora expresión para que las chicas me encontrasen interesante. A los veinticuatro, como buen judío, visité la tierra de mis orígenes. Durante tres temporadas exploré la Tierra Prometida. Coseché sandías amarillas en un kibutz en Masada. Me despedí de mi virginidad con una colega haciendo horas extras en una panadería en Karmiel. Fui premiado con una ciudadanía Israelí sirviendo en el Tzahal. A los veintiocho regresé a una Buenos Aires madura. Sus avenidas se convirtieron en ruidosos desfiles metálicos. Sus bares ostentaban botellas rellenas de colores novedosos. Sus fabricantes de faldas aumentaron sus ganancias ahorrando en tela. Sus grises veredas se transformaron en escenarios en los cuales se podían admirar los mejores espectáculos. Las otrora sólidas paredes de mi casa devinieron en endebles superficies, vulnerables a la arremetida de la humedad. El hollín sometía victoriosamente las superficies de la alfombra y de los muebles. El cuadro de mi antepasado no ocupaba ni la mitad del espacio que solía ostentar. A simple vista sus medidas me resultaron extrañamente modestas. Incrédulo, tomé un metro del costurero que heredé de mi tía Emilse. Al acercarme a comprobar las dimensiones del cuadro, mis ojos se cruzaron con los de un viejo temeroso, triste y derrotado.