[h3]Vine a Mongolia planeando quedarme tres años, hasta terminar mi tesis. Pasaron tres años y acá sigo, haciendo pozos en su tierra. Siguiendo la pista de estas ridículas raíces. [/h3] [h3] [/h3] [h3]¿Que están alimentando? ¿En qué sentido van? Son dos preguntas que debería haber respondido hace varios meses. La etapa de excavación se prolongó demasiado.[/h3] [h3] [/h3] [h3]“Claro, que tema interesante para mi tesis.” Digo con voz burlona mientras la traspiración limpia el polvo que se junta en mi frente.[/h3] [h3] [/h3] [h3]La pala hace su trabajo eficientemente. Corta la tierra con su hoja, sostiene una porción en su plancha y la arroja lejos de su lugar natural.[/h3] [h3] [/h3] [h3]“Esta investigación va a ser mi legado a la humanidad.” Emito resaltando las palabras con una melodía juguetona.[/h3] [h3] [/h3] [h3]La mujer del lago me mira y se ríe. Desde esta distancia no puedo verle la cara, pero conozco su sonrisa y sé muy bien cómo el tiembla el reflejo del Sol en el lago cuando la despliega.[/h3] [h3] [/h3] [h3]El descubrimiento de las inexplicables raíces de Mongolia lo realizó Sir Charles Klangodd en 1922. Las novedosas e inigualables raíces vivas yacían sumergidas a dos metros bajo tierra formando una desordenada red que surcaba todo el país Mongol, sin conectarse con ningún tipo de vegetación. Sir Charles Klangodd participó en un par de congresos, archivó sus logros en un par de bibliotecas y el tema quedo ahí, sin mayor profundización. ¿Pero de donde vienen y adónde van las raíces? La comunidad científica nunca se interesó por responder estas preguntas, hasta que aparecí yo. Con mi pala de treinta dólares.[/h3] [h3] [/h3] [h3]¿Quién diría que un fenómeno tan llamativo pueda resultar tan irrelevante para este mundo? La peculiaridad de las raíces de Mongolia no trascendió. No son raíces proverbiales, ni una imagen poética.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Las raíces son sólidas. Están ahí, bajo tierra, burlándose de quien ensaye una explicación racional sobre ellas. Quizás las historias Arturianas de Ghengis Khan y el mito de las altas probabilidades de estar emparentado con el sean las raíces más difundidas de este paramo. Yo me hice el test, el posta, de genealogía de ADN. Me salió 97% de probabilidades de que Ghengis sea mi antepasado.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Tras tirar una gran paleada de tierra por detrás de mi hombro el mango me transmite una vibración que recibo hasta los huesos, anunciando el fin de un ciclo. Mis músculos se tensan con un temblor involuntario y con todas las fuerzas que me quedan arrojo la pala. La inerte herramienta queda boca arriba, descansando mirando al cielo. Comienzo a putearla. Nunca insulté tanto a alguien o a algo como a esa pala. Mis desafortunadas palabras viajan por los aires en todas las direcciones, buscando en vano algo en lo que chocar, en lo que provocar un eco. Con algo de suerte alcanzan una distancia de ciento cincuenta metros, para sublimarse en el calmo aire del desierto. La pala no reacciona ante mis agresiones.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Caigo de rodillas y manoteo la cantimplora. El agua calma mi corroída garganta.[/h3] [h3] [/h3] [h3]“¿Porque no me especialicé en dinosaurios?” lamenté, esta vez con un tono suave y melancólico.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Hace dos días chateé con Lucas, mi colega. Está en el sur de la Provincia de La Pampa cepillando huesitos. La comunidad lo respeta, como si hubiera domesticado con un cepillo a esostemibles monstruos jurásicos. Nadie cuestiona lo que hace. Solo tiene que mostrar los trofeos en forma de dientes y garras y ... ¡plop! Instantáneamente aparece el prestigio. Por las noches duerme en un pueblo tranquilo habitado en su mayoría por solteras que cocinan bien. Sueño con toparme con fósiles en mis excavaciones. De cualquier cosa, acepto roedores y aves. Pero no, siempre las raíces del Khan. ¿Adónde van? ¿De adonde vienen?[/h3] [h3] [/h3] [h3]La mujer del lago siempre me ve pasar y sonríe. Sus redondos cachetes brillan bajo el sol de Mongolia. Más de una vez, en mis largas jornadas de trabajo, me acerqué a saludarla con cualquier pretexto. Cuando le llevo panes, ella me da dulces. Le doy una manta rota y ella la zurce sonriendo. Le llevo un vino y brindamos en silencio. Nunca nos hemos hablado.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Hace un mes, en una fría tarde de Mongolia en la que me encontraba cavando, por supuesto, me encontré con una reluciente cimitarra enterrada. Un hermoso grabado ancestral y una curvatura vertiginosa le dan a la hoja un poder estético sin parangón. Su filo es más que peligroso. Sé que en Mongolia no me van a dar mucho por la espada, y que pasarla por la aduana va a ser imposible. Sin saber por qué, la guardo envuelta en una frazada en el baúl de la camioneta. Sueño recurrentemente con cortar las raíces con ella, tironeándolas como cables y liberando a esta tierra y a mí mismo de su nefasto entramado.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Continuo aquí, si vuelvo a levantar mi pala no sé cuántos años más me voy a quedar siguiendo las pistas de estas raíces y tubérculos. Todo esto frente a una misteriosa mujer con la que me comunico sin palabras.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Algún día voy a tener que admitirme a mí mismo que todas las raíces de Mongolia me llevan a ella. Mirando a mi inerte pala no sé cómo continuar, o sigo cavando o desenvaino la espada. Mi brazo, habiendo recuperado su serenidad, se extiende hacia la pala. Por algún sin razón la sombra no acompaña la dirección del brazo, si no que se dirige traicioneramente hacia el baúl de la camioneta. Mi capacidad de asombro falla cuando veo temblar el reflejo del Sol en el lago.[/h3] [h3] [/h3] [h3]Lo hecho, hecho esta. Despertándome a la mañana siguiente no estoy seguro de a cuál de los dos mangos me aferré. ¿La pala? ¿La espada? ¿Ambos o ninguno? [/h3] [h3] [/h3] [h3]Mis piernas están enredadas con las de la mujer del lago, que emana un ronquido musical. Con cuidado me libero de la traba y me visto hasta la cintura. Las primeras luces del dia amenazan con despertar a la mujer del lago, por lo cual me apresuro a aprovechar los últimos minutos de soledad que me quedan. Con inmensa curiosidad corro hacia mi sitio de excavación. El pozo ya no está. En su lugar hay un oasis de pequeños brotes azules rodeando a un raquítico pero fuerte arbolito de medio metro que me recibe con las ramas abiertas.[/h3]