El viaje fue largo, atravesé un océano. Pero no estoy cansado, gracias a que estoy acostumbrado a este tipo de vuelos y sé dormir varias horas a destiempo en butacas incómodas y acompañado por desconocidos. El cronograma es puntual y simple. Chequearse en el hotel cercano a la Puerta del Sol, reunirse con los clientes en sus oficinas, asistir a la muestra anual de hardware, dormir una noche en el hotel y viajar a la mañana siguiente rumbo al próximo compromiso. Al llegar al aeropuerto voy al baño y me doy cuenta de que me olvidé de traer cepillo de dientes, me lavo los dientes con mi dedo índice mojado con agua de la canilla. El agua de canilla tiene un sabor distinto en cada ciudad. Luego me acomodo en una cabina, el viaje fue largo y comí pescado. Al bajarme los pantalones, mi celular cae del bolsillo lateral directo al fondo inodoro. Lo rescato, pero el agua lo inutilizó. Creo que sincronicé el calendario con la laptop que tengo en mi valija. O eso espero, ahí tengo las direcciones y horarios de los compromisos del viaje. No los sé de memoria. Tengo que llegar al hotel. Ahí puedo cargar la batería de la laptop y usar el cepillo de dientes de cortesía. De paso puedo usar el baño, que al final no pude ir. Necesito un boleto de Metro, la manera más rápida de llegar al hotel. Encuentro una máquina expendedora de boletos e ingreso mi tarjeta de crédito, ya que todavía no compré Euros. Sale un boleto de ida, pero la tarjeta queda adentro de la máquina. La pantalla no dice nada. Presiono todos los botones sin lograr recuperar mi tarjeta. Anoto en un papel aleatorio que encuentro en mi bolsillo el teléfono de Atención al Cliente de la máquina expendedora. Creo que hay una sucursal de mi banco cerca del hotel. Hasta ahora, curiosamente, nada de lo que me pasó en éste viaje me está molestando. Bajo del Metro en el momento justo en el que está amaneciendo en la Puerta del Sol. Por un conflicto gremial de los recolectores de basura de Madrid la plaza está muy sucia. Piso sin querer una pizza entera que yace en el piso. Tiene anchoas. Alzo la vista y unos cálidos rayos de Sol de primavera me dan la bienvenida, y no son los únicos. Un viejo en situación de calle me grita desde el pie de la estatua del Oso en el Madroño. “¡Bienvenido vecino!” Me acerco y le agradezco el recibimiento con unas monedas que me habían sobrado de mi anterior viaje a Europa. Al mirarlo a los ojos siento un fuerte deja-vu. Tengo que llegar al hotel, así que con un saludo cordial me alejo del hombre por la Calle del Arenal. Al llegar a la cuadra del hotel mi nariz se frunce por un olor intenso a quemado. Unas cintas policiales me bloquean el camino y ya intuyo que es lo que está por suceder. Un bombero se acerca para confirmar mi sospecha. El hotel adonde tengo reserva se incendió anoche. En la plaza de La Puerta del Sol vi un local de comidas rápidas que con un poco de astucia podría utilizar de habitación de hotel temporaria. Encuentro a la encargada del local recién abriendo las puertas. La saludo con una sonrisa y le cuento lo del hotel. Ella accede amablemente a conectar mi laptop y a permitirme usar el baño de mujeres, ya que el de hombres esta temporariamente clausurado. El baño está recién limpiado y voy a ser el primero en utilizarlo hoy. Al salir de la cabina me estoy abrochando los pantalones y al levantar la mirada veo a una atractiva mujer vestida de ambo blanco esperando su turno para entrar al baño que acabo de liberar. La doctora me dirige una mirada de reproche. Balbuceo algo sobre un baño clausurado y un incendio y salgo por la puerta antes de que la conversación se torne más incómoda. Abro mi laptop con cinco por ciento de carga y busco en el calendario los datos de mi reunión. Anoto en una servilleta nombre, dirección, horario y teléfono de la persona con la que me tengo que reunir. Se llama Pedro Almeidas. No estoy lejos de la reunión. Puedo llegar caminando desde donde estoy. De paso cuido mi ajustado presupuesto de doce euros y monedas. Le pido un último favor a la empleada del local, si puede guardar mi valija por unas pocas horas. Ella accede gustosamente, dice que le cae simpática mi inverosímil historia. Para mí que no me cree y piensa que esto es un levante. Camino por Carretas hasta Atocha y me dirijo hacia el Sur unas pocas cuadras, pasando el Museo del Jamón. ¿No vi otro Museo del Jamón desde La Puerta del Sol? ¿Cuantos hay? ¿Son franquicia? Llego a la dirección quince minutos antes del horario agendado y con un tono profesional me anuncio en una elegante recepción. Por suerte me puse desodorante en el baño del local de comidas rápidas. Me recibe Pedro Almeidas con una sonrisa amuecada. Me da un apretón de manos muy afectivo, casi fraternal. Trae bajo el brazo el periódico El País de hoy. Me muestra la página veintidós, donde las letras impresas afirman que la compañía para la que trabajo entró en bancarrota dejando cientos de empleados en la calle. A esta altura ya no me sorprende. Pedro me invita a un café de máquina, que acepto con una sonrisa y charlamos unos veinte minutos sobre temas triviales. Nos despedimos con un cálido abrazo y me voy silbando a buscar mi valija a Puerta del Sol. Llegando al local de comidas rápidas noto que la plaza está más limpia. Paso por al lado de la estatua del Oso y el Madroño y el viejo linyera de más temprano vuelve a saludarme. “¡Bienvenido vecino! Le guardé su lugar.” El hombre señala una plancha de cartón con una frazada, al lado suyo. Me siento en el cartón y lo miro a los ojos. De cerca lo reconozco. Es mi vecino del 5to C. Pensándolo mejor, fue mi vecino. Hace cuatro años se fue de viaje de negocios y nunca volvió. Nunca nadie supo que paso con él. “¡Gracias vecino!” Le respondo y me recuesto en el cartón a su lado. La cama precaria se siente más cómoda que el mejor sillón. Ambos permanecemos en silencio, con una sincera sonrisa adornando nuestras caras. Mi mirada se pierde en el cielo estrellado que cubre Madrid. Juego a encontrar la Cruz del Sur hasta sentirme somnoliento. Meto la mano en mi bolsillo y encuentro un papel con un número de teléfono que ya no tiene sentido para mí. Hoy duermo acá y mañana busco la valija. O quizás no.