[justify][h3] Las fotos suelen ser infieles a sí mismas. También lo son con sus protagonistas. He invertido décadas intentándolo, pero nunca pude encontrar sus copias fieles. Las diferencias son gigantescas, irreconciliables.[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] El trípode y el lente nuevo me han ayudado, pero sigo estando a un abismo de la imagen que no me encuentra.[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] Enfrentarme a un nuevo intento ya es parte de mi rutina. La Basílica y yo nos paramos en el punto más alto de la ciudad, contemplando el entramado urbano coronado por la Torre. El clima sobre mi cabeza es propicio y la cantidad de gente en la ciudad es prometedora. Hago mi mejor esfuerzo para no sentirme invadido por un optimismo traicionero. Las patas puntiagudas de mi máquina se acomodan con firmeza en los recovecos de la piedra, asegurando el punto de observación. Con un giro ensayado, la lente varía su extensión hasta devolverme una imagen nítida del objetivo. Antes de accionar el obturador, mi cansado párpado se cierra ante el visor de la Nikon para reorganizar los detalles insubordinados de la ciudad.[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] La placa en cuestión fue inmortalizada un febrero en el que cargaba sobre mis hombros apenas dos livianas décadas. Un tanto precoz para digerir la grandeza de lo que mis sentidos percibían, mis trancos vencieron con prisa los escalones para llegar a la Basílica. La humedad del invierno parisino anulaba toda fricción de las suelas de los turistas, provocando patinadas y caídas. Los moretones eran souvenires gratis que, en mi caso, se curaron durante la semana. Los locales, por supuesto, saltaban los escalones como cabras de montaña. Mi juventud no resentía el azote del viento, ni daba cuenta de la avaricia de las piedras que absorbían todo el calor del entorno.[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] Una vez arriba de la escalinata contemplé el manto urbano desplegado bajo la pendiente y me apresuré a sacar la foto de rigor. Para salir en ella, ensayé unas esmeradas palabras en francés: “¿Foto s’il vous plait?[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] ¿Merci?” Los locales me ignoraron por completo, como si fuera una paloma pidiendo migas.[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] En un sinsentido digno de las ansiedades de aquella edad, tomé la decisión que selló el destino de mi obsesión. Guardé la cámara descartable en el bolsillo de mi mochila. Para reemplazar la placa, conservé una foto de la ciudad usando mis ojos como lentes y mi memoria como película. Los detalles de la ciudad que pasaron durante ese instante frente a mi escrutadora mirada formaron una imagen perfecta en mi cabeza.[/h3][/justify] [justify][h3] Hecho esto, las torres me invitaron a la aventura, a altitudes inexploradas. Mis pies estaban listos, pero, antes de subir, me acosté boca arriba, en el suelo frío, para atestiguar cómo las cimas de las torres arañaban el cielo en movimiento.[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] Con los años, mi recuerdo fue mezclando los colores, la iluminación y las proporciones de aquella fotografía inmaterial. Comparando esa imagen con otras fotos de la ciudad, las diferencias son tantas que me pregunto si realmente estuve ahí. He invertido décadas intentándolo.[/h3][/justify] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] He fotografiado a leopardos en plena carrera en el Serengueti, al clímax de la aurora boreal en Noruega, y a un camaleón decidiendo de qué color ponerse. Aún así, en todos estos años mis cámaras no me han devuelto esa imagen que se me escapa, la que por derecho me pertenece. Yo soy su creador, no al revés. Yo estuve ahí parado y con mis ojos novatos la creé. Las imágenes son infieles.[/h3][/justify] [justify][/justify] [center][h3]*[/h3][/center] [justify][h3] [/h3][/justify] [justify][h3] Mi párpado cansado se abre y, por una avara fracción de segundo, la ciudad se muestra tal cual la recuerdo. A través del lente veo que la luz, los pájaros, los parisinos, turistas y hasta las nubes están en el lugar correspondiente. Mis manos se aferran con suavidad a la cámara. Antes de que el caos vuelva a invadir la escena, llego a accionar la Nikon. Un ruidito familiar me asegura que en las entrañas de la máquina se ha producido una placa de calidad. Al revisarla en el display, noto que salió movida. Es que con este frío me tiemblan las manos.[/h3][/justify]