Había una vez, en una isla lejana rodeada de aguas cristalinas, un monstruo bueno llamado Gluki. Gluki no era como otros monstruos que asustan; él tenía grandes ojos brillantes, una piel suave de color turquesa y una sonrisa que iluminaba hasta los días más grises. Su pasatiempo favorito era pasear por las playas al anochecer, recogiendo caracolas y escuchando el susurro del mar. Una tarde, mientras Gluki caminaba por la arena blanca, escuchó un suave sollozo. Siguiendo el sonido, encontró a una niña sentada en una roca. Tenía el cabello despeinado por el viento y lágrimas rodaban por sus mejillas. —¿Qué te pasa? —preguntó Gluki con voz amable. La niña, sorprendida al principio, se dio cuenta de que el monstruo no era peligroso. —Me llamo Clara —dijo entre sollozos—. Me perdí mientras jugaba y no encuentro el camino de regreso a mi cabaña. —No te preocupes, Clara. Te ayudaré —dijo Gluki mientras le ofrecía su mano—. Pero primero, ¿quieres ver algo mágico? Clara asintió con curiosidad, y juntos caminaron hacia una pequeña cala escondida entre las rocas. Allí, nadando en el agua tranquila, había un grupo de manatíes amarillos diminutos. Sus cuerpos brillaban como rayos de sol y emitían un suave tintineo cada vez que movían sus aletas. —¡Son hermosos! —exclamó Clara, olvidando su tristeza. —Ellos siempre vienen aquí al atardecer —explicó Gluki—. Les encanta jugar entre las olas. De repente, algo extraño apareció flotando cerca de la orilla. Era un pez, pero no un pez cualquiera. Este era un [b]Pez Borrón[/b], con un cuerpo redondeado y una expresión tan divertida que Clara no pudo evitar reírse. —¡Hola, amigos! —dijo el pez con una voz burbujeante—. ¡Necesito ayuda! Perdí mi camino en el arrecife. Gluki, Clara y los manatíes amarillos se unieron para ayudar al Pez Borrón a regresar a casa. Juntos, nadaron por cuevas brillantes y pasaron por bosques de algas que parecían bailar al compás de las corrientes. Finalmente, encontraron el arrecife donde vivía el pez. —¡Gracias, gracias! —dijo el Pez Borrón, haciendo una graciosa reverencia antes de desaparecer en su hogar. Cuando regresaron a la playa, el cielo ya estaba lleno de estrellas. —Ahora, vamos a encontrarte tu cabaña —dijo Gluki. Guiados por las estrellas y el sonido del viento, Gluki y Clara encontraron la cabaña junto a un farol encendido. La madre de Clara salió corriendo, aliviada de verla. —Gracias por cuidar de mi hija —dijo al monstruo. Gluki sonrió, sabiendo que había hecho un nuevo amigo. Desde entonces, Clara y Gluki se veían cada tarde para explorar la isla y vivir nuevas aventuras con los manatíes amarillos y el divertido Pez Borrón.