Es el fin, lo dicen en todos los noticieros. Por la ventana veo a un grupo de jóvenes saqueando un kiosco. ¿Para qué lo hacen? ¿Querrán tomar cervezas con papas fritas en el fin del mundo? Supongo que en un momento así, nadie quiere enfrentarse al apocalipsis con las manos vacías. Hay algo profundamente humano en ese impulso de aferrarse a lo cotidiano, incluso cuando lo cotidiano se está desmoronando. Parece que en más o menos treinta minutos se termina todo. El meteorito ese está en camino para extinguirnos. Lo detectaron tan sobre la hora que ni nombre le llegaron a poner. ¿Y para qué ponerle nombre? ¿Para que quede en la historia? La historia termina en media hora. El absurdo de todo esto me arranca una risa seca. Supongo que así es el fin: no con un grito, sino con un poco de vino y jazz. Por suerte tengo un buen Malbec mendocino en la heladera que estaba guardando para una ocasión especial. Resulta que el fin del mundo me encuentra preparado, más o menos. Lo descorcho sin prisa y me sirvo una copa. Las manos no me tiemblan, lo que me sorprende un poco. Tal vez porque en este instante ya no hay nada que temer, nada que planificar ni posponer. Si me extingo, lo quiero hacer en paz. En el noticiero, con el último aliento de esperanza, deciden darle un nombre al meteorito: Nuevos Comienzos. Qué irónico. Prometen que la vida resurgirá, que el planeta verá caminar a otros seres sobre su superficie. Quizá sea cierto, pero no estaré aquí para comprobarlo. Apago la tele y pongo un disco de jazz, algo melancólico. Una trompeta me envuelve mientras el caos sigue allá afuera. Si esto fuese una película, muchos estarían embarcando en cohetes para ir a vivir en colonias en Marte, o nos salvaría Bruce Willis haciendo explotar el meteorito en el último segundo. Pero esto no es una película. Aquí no hay héroes ni rescates milagrosos. Hay un meteorito, un reloj en cuenta regresiva, y yo, con una copa de vino. El vino está muy bien, por suerte no se picó. Tomar un buen vino es una de las cosas que voy a extrañar cuando el mundo se acabe dentro de veinte minutos. Hay muchas cosas que voy a extrañar, si es que se puede extrañar desde la extinción. Me pregunto cómo será desaparecer. ¿Habrá un segundo de claridad justo antes del final? ¿O simplemente... nada? Voy a extrañar ver el amanecer manejando en la ruta. Esos colores celestiales que nunca se repiten. Espero que siga amaneciendo después del meteorito, aunque no haya nadie para verlo. Tal vez el sol seguirá saliendo por millones de años, ignorando que ya no hay ojos humanos para contemplarlo. Otra cosa que me va a hacer falta son las charlas con mi vieja los domingos a la mañana. Siempre me traía facturas y desayunábamos burlándonos de los vecinos y la familia. Sus risas se quedan flotando en mi memoria. Es extraño cómo en momentos así se encienden los recuerdos más simples y luminosos. ¿Por qué no viví siempre así, tan consciente de lo que importa? Nadar en el mar, esa sensación de ingravidez, de jugar a ser un pez, también va a ser algo que voy a extrañar. Supongo que si la vida vuelve a resurgir en este planeta, va a empezar por el mar, con pequeños bichos unicelulares, como la última vez. Si reencarno, quiero ser uno de esos bichos. Al menos ellos no tienen que preocuparse por meteoritos. Voy a extrañar también la música, salir a correr por el parque, comer con amigos, terminar un buen libro, pinchar el huevo frito con pan, hacer turismo en lugares donde no entiendo el idioma, el olor a pasto recién cortado, y tantas cosas más que siempre di por sentado y ahora considero esenciales. Todo eso va a dejar de existir en diez minutos, cuando el meteorito haga su gracia. Sigo mirando por la ventana y veo que los chicos que saquearon el kiosco se están dando un atracón de chocolates y caramelos. Supongo que eso es lo que ellos van a extrañar. Nunca fui muy dulcero, pero hay algo conmovedor en su forma de celebrar el final. Cada quien se despide a su manera. De repente, la veo. En la esquina. Ana. Está corriendo en dirección a mi edificio. Frena a unos metros de mi puerta y gira hacia mi ventana. Nos miramos por un valiosísimo segundo, un segundo que pesa más que todo lo que ha pasado en los últimos años. Quedan tres minutos de historia. Puedo alcanzarla. El cielo se pone rojo y suelto mi copa, que estalla contra el piso mientras corro hacia la puerta. Bajando las escaleras de a tres escalones, me doy cuenta de que no voy a extrañar ninguna de esas cosas que recordé en la última media hora. Ni el vino ni el amanecer. Voy a extrañar a Ana. No sé por qué no la mencioné en mi listado. No sé por qué dejamos de estar juntos hace un año. No sé por qué nunca intenté arreglarlo. Todo lo que sé ahora es que tengo que verla, tocarla, abrazarla antes de que sea demasiado tarde. Corro más rápido. No puedo esperar al ascensor. Los últimos seis pisos me parecen interminables. Al cruzar la puerta, la veo. Ahí está, sonriendo, con los ojos redondos como aquella primera vez que la vi. Ella también corre hacia mí. Dice algo, pero no puedo escucharla. El estruendo del apocalipsis lo llena todo. Me abalanzo para abrazarla mientras el aire que nos rodea comienza a transformarse en fuego.