[justify]El polvo del suelo, buscando entremezclarse con los recovecos de nuestros pies descalzos, nos guió por separado a través de los cuatro elementos. De a uno, sin saber por qué, comenzamos a llegar a la cabaña. Nos hablamos poco, casi sin palabras. Ninguno parecía comprender por qué estábamos descalzos. La oscuridad no nos permitiría conocernos las caras hasta la mañana siguiente.[/justify] [justify][/justify] [justify] Al otro día, sin preguntarnos nada, algunos nos juntamos para explorar la costa. Otro grupo se adentró en el campo, haciéndose lugar entre el polvo y los matorrales. El suelo que recibió a ambos grupos fue muy generoso con las plantas desnudas de nuestros pies. La paz nos encontraba adonde fuéramos en forma de olas, Sol y praderas. No había refugio de ella. Poco pasaba. Entre conversaciones y paseos fuimos desprendiéndonos de la ansiedad que provoca vivir sin ansiedades.[/justify] [justify][/justify] [justify] Comimos choclo de huerta durante una semana, hasta que encontramos el equipo de pesca en un galpón y ampliamos el menú. Rápidamente me convertí en un hábil pescador. Por las noches nos abrigamos con leña y con la proximidad física. Las camas y sillones amortiguaron los movimientos de nuestros cuerpos enredados.[/justify] [justify][/justify] [justify] No sé si a los demás les pasó lo mismo, pero pronto olvidé mi nombre y el de todos los demás. También olvidé las circunstancias que me llevaron hasta ahí y cuánto tiempo planeaba quedarme. Por no encontrarle beneficio perdí la noción del tiempo, pero parece que no envejecemos. Para no interrumpir la mística grupal escondí mis dudas en un secreto. Esto al principio me inquietó, pero no duró mucho. Por un par de miradas cómplices, intuí que al resto le pasaba lo mismo. [/justify] [justify][/justify] [justify] Aquellos días en la cabaña no ofrecían nada que temer, ni extrañar ni añorar. La única amenaza tangible aquí era que algún día, por accidente, encontrásemos un par de zapatos.[/justify] [justify][/justify] [justify] Pasaron años o días, como saberlo, hasta que llegó la noche en que los taco aguja de Alex rayaron el tablón del suelo de la entrada. Vestía un vestido brilloso de fiesta, que cambiaba de color camaleónicamente. La estridencia de sus tacos, su vestido y su nombre aturdió la rutina de los habitantes de la cabaña, recordándonos persistentemente del mundo que habíamos abandonado. [/justify] [justify][/justify] [justify] Alex era una gran conversadora, demostrando siempre un genuino interés por la vida de los demás. ¿De dónde eres? ¿Eres casada? ¿De qué trabajas? ¿Tus padres viven? ¿Estuviste enamorado alguna vez? ¿De qué signo eres? ¿Crees en Dios? ¿Con quienes sueñas? ¿Eres feliz? ¿A qué le tienes miedo? ¿Te gusta correr? ¿Sabes cocinar? ¿Qué cosas extrañas? ¿Cómo te llamas? [/justify] [justify][/justify] [justify] Para mi sorpresa, todas sus preguntas son fáciles de responder. Todo lo que creí olvidado salía disparado de mi boca con la velocidad de un reflejo. Pronto recordé mi Volkswagen y mi departamento en el barrio de Caballito. Recordé mis amigos de la infancia y mi escritorio de trabajo. Recordé los canelones de mamá y mi viaje a Mendoza. Recordé cómo medir el paso del tiempo y leer calendarios. El color del vestido de Alex cambiaba con cada respuesta.[/justify] [justify][/justify] [justify] A los demás les pasó lo mismo. El contacto con Alex rompía sin piedad los sellos del olvido de todos. Recuperamos infancias, rencores, responsabilidades, amores, amistades y nombres propios. Sus preguntas detonaban todo tipo de recuerdos de nuestras vidas anteriores. Al poco tiempo de su llegada comencé a notar ausencias en el grupo. Marcelo, ahora sabía su nombre, faltó una mañana a nuestras periódicas excursiones de pesca. Juliana no apareció para reparar el techo como había prometido. Un día nos quedamos sin agua porque Sergio no volvió de su caminata al aljibe. Este comportamiento no tenía precedentes, nunca nadie había considerado la idea de irse de allí. Comprendí que sus charlas con Alex les devolvieron lo que no sabían que habían perdido, haciendo que sus estadías en La Cabaña ya no tengan sentido.[/justify] [justify][/justify] [justify] El éxodo continuó a ritmo ininterrumpido. En las mañanas ya no me encontraba con Vilma escribiendo historias en su cuaderno. Tampoco me topaba con el grupo de corredores de la tarde. Todos fueron dejando la Cabaña en silencio, sin despedirse y abandonando sus pertenencias. Hasta que quedamos dos habitantes. Alex y yo.[/justify] [justify][/justify] [justify] Aun no recuerdo mi nombre. Nunca surgió en mis conversaciones con Alex. No sé por qué me dejó para el final. Estoy convencido de que es lo único que me falta saber para convencerme de partir. Una inesperada ansiedad me acompaña en la espera de mi turno. El miedo a lo desconocido hace su parte. Hace ya una semana que estoy evitando encontrarme con ella. Como un niño travieso me escabullo entre árboles y médanos, durmiendo en la intemperie. No culpo a los que se fueron ¿Cómo no sentirse confundido? ¿Cuál es nuestro hogar? Es mejor perdonarlos que considerar la posibilidad de que nunca existieron, que los imaginé. Pronto me convenzo de que volver es inevitable, no tengo suficientes fuerzas para vivir evitando mi destino. Vuelvo a la Cabaña llamando su nombre. Mi sonrisa grita que estoy listo para partir. [/justify] [justify][/justify] [justify] El ruido de una casa deshabitada es mi respuesta. Alex ya no está. Su vestido y sus zapatos vacíos de ella yacen prolijamente en el jardín delantero. Entro a recorrer las habitaciones y encuentro todas las camas prolijamente hechas. El cuaderno de Vilma yace abandonado en su mesa de luz. Por no tener otra compañía, lo abro y leo la primera frase:[/justify] [justify][/justify] [justify]“El polvo del suelo, buscando entremezclarse con los recovecos de nuestros pies descalzos, nos guio por separado a través de los cuatro elementos.”[/justify] [justify][/justify] [justify] Recorro lentamente el camino de tinta trazado por Vilma hasta encontrar la primera página en blanco. Tomo una lapicera y luego de un suspiro comienzo a escribir todos los nombres que se me ocurren, con la esperanza de reconocer el mío.[/justify]